Confesiones de una atea
Apago la
luz de la habitación y enciendo rápidamente la vela que lleva desde navidad en
la misma mesita donde lo dejé cogiendo polvo. Sin esperarlo aparece un miedo
repentino a la oscuridad. Me siento encima de la cama, cerca de la ventana,
pegada a la pared. Tengo los pies fríos, los ojos perdidos en un punto infinito
del cielo lluvioso santanderino y en mi mente solo tu recuerdo dándo(me)
vueltas. La habitación empieza a tener un olor a frutos rojos y azahar. De repente me acuerdo de lo que le quería
decir a Jaime hace un rato, antes de dejarle en su casa. Recuerdo su cara
haciendo muecas en el cristal mientras no paraba de caerle lluvia encima y me
sale una carcajada. Qué lindo es, pienso.
El gato en la puerta maúlla buscando una ocasión de dormir acompañado. Lleva días intentándolo sin recompensa, no entiendo cómo cree que hoy sí va a tener suerte. Me he pasado toda la tarde en la playa, entre arena, mar, tablas de surf y tus rizos afros en la cabeza. Hoy el cielo estaba oscuro pero el agua caliente, al igual que yo.
El gato en la puerta maúlla buscando una ocasión de dormir acompañado. Lleva días intentándolo sin recompensa, no entiendo cómo cree que hoy sí va a tener suerte. Me he pasado toda la tarde en la playa, entre arena, mar, tablas de surf y tus rizos afros en la cabeza. Hoy el cielo estaba oscuro pero el agua caliente, al igual que yo.
Y entre
toda esta revolución a oscuras confieso que probé cada uno de los poros de tu
piel. Confieso que tu olor era una droga y que ahora tengo síndrome de
abstinencia. Confieso que las guerras contigo me dejaban en paz. Declaro que
memoricé cada una de tus caras y ahora tengo un cuadro permanente en mi cabeza
que no puedo borrar. Revelo que traducir los atardeceres a tu lado era la mejor
medicina que podía tener en los meses de invierno. Confieso que odio al chico
que lleva tu colonia en la biblioteca, confieso que le prohibiría la entrada.
Confieso que lo jodí todo por creer que no podíamos enamorarnos. Me perdí entre
las calles del barrio con más duende de toda la ciudad y aún nadie me ha
encontrado. Declaro que estoy sedienta de tus besos, ansiosa de tus
caricias y deseosa de tus manías. Confieso que nadie lo había hecho tan
bien antes que me dio miedo pisar por un terreno desconocido. Confieso que lo
pensé. Confieso que pensé en tenerte. Confieso que quise tenerte. Confieso que
todo lo quise, incluso a ti. Confieso que tengo que dormir ya que estoy soñando
despierta.
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